Cosas que no te dije…

Aún cuando el paisaje de nuestras ciudades y pueblos nos han acostumbrado al iglú verde, boca oscura y gancho superior, son todavía muchos nuestros desconocimientos del gesto de depositar una botella en la boca del panzudo. Este, como máximo nos devuelve el estridente crujir, consecuencia de la ruptura, o el quejío menos agudo del contacto de una botella con otra.

Veamos algunas de estas características. El vidrio es uno de los materiales que puede reciclarse infinidad de veces. En ocasiones mediante un lavado desinfectante. Otras mediante la trituración y la conversión del residuo en un nuevo envase.

El vidrio tiene tres componentes básicos: la arena, la cal y la sosa. Los tres, materias primas que se extraen de la naturaleza y que por tanto suponen consumo de materiales que dejan su impronta sobre la naturaleza. El reciclaje por lógica elemental comporta una reducción en el consumo de tales materiales y con ello de la huella ambiental.

Cuando se fabrica una botella de vidrio las dos opciones posibles tienen diferencias abismales: hacerlo a partir de vidrio reciclado significa un consumo de energía que puede llegar a ser un 60 por ciento inferior que si lo hacemos con vidrio elaborado a partir de materias primas extraídas directamente de la naturaleza. Y algo básico: la calidad y funcionalidad es la misma.

Existe la leyenda de que el vidrio de una botella no se puede utilizar para hacer una botella de la misma calidad. El vidrio reciclado sirve para hacer un envase semejante al que ha generado el residuo, con lo que hay que desmentir tales leyendas. Es más, una pequeña proporción del residuo de vidrio, aparentemente inservible, tiene su funcionalidad en la cerámica, el asfalto…

Sin embargo, el depósito, recogida y reciclado de vidrio todavía tienen recorrido. Y lo tienen no solo por la necesidad de incrementar las cantidades de reciclaje, sino porque son muchas las ventajas aparentemente intangibles: se requiere menos energía (aproximadamente un 26 % menos), se reducen las emisiones a la atmósfera (un 20 %), la contaminación del agua es un 40% inferior… y así podemos ir desgranando unas ventajas que no solo son números. Son calidad de vida, responsabilidad para unas mejores condiciones de nuestros hijos, incluso, económicamente, favorecen un cambio de paradigma hacia una economía de carácter circular en la que el proceso es la piedra angular que se aleja del carácter extractivo de materias primas sobre el que se había asentado el sistema de consumo industrial.

En más de una ocasión, el panzudo iglú podría decirnos al tragar una nueva botella «y estas son las cosas que nunca te dije…»

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